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3. Sebastian Kneipp

“El buen Samaritano”. Alemán (1821-1897)

Hijo de un modesto matrimonio de obreros, nace en Baviera, Sebastián Kneipp, el 17 de mayo de 1821. Tuvo una infancia humilde, ni siquiera pudo educarse correctamente, porque ya a los once años necesitó cumplir jornadas de trabajo completas y tejer como mínimo seis metros de tela al día. Con un porvenir incierto, que solo vislumbraba una vida de trabajo duro, en Sebastian despertó la idea de ser sacerdote. Al principio fue un sueño, luego una razón que le daba fuerzas para enfrentarse a las adversidades. Para alcanzarlo necesitaba estudiar y disponer del dinero suficiente para costearlo. Primero acudió al párroco de Ottobeuren, solicitando que le enseñara latín y lo preparara para ingresar al seminario, pero la respuesta fue negativa, insistió una y otra vez con diversos curas de las parroquias cercanas, obteniendo el mismo resultado. Al cumplir dieciocho años, había ya hablado con más de veinte curas sin conseguir lo que deseaba. Ni siquiera su padre aprobaba sus proyectos. Se concentró en su trabajo con la esperanza de reunir el dinero suficiente para hacer realidad sus ilusiones. Trabajó durante las horas de descanso y logró producir algunos metros de tela extra al día, con lo que pudo incrementar sus ahorros. Demoró tres años en juntar el dinero suficiente para costearse los estudios y subsistir lejos de su hogar.
Para partir eligió el día de su cumpleaños, pero antes quiso despedirse de su telar, único confidente de tantas amarguras e ilusiones. Se sentó frente a él dispuesto a tejer, según creía, por última vez cuando vio con espanto una columna de humo que luego se transformó en grandes llamas elevándose por toda la casa. Hizo todo lo posible por salvar el pequeño tesoro que guardaba en el armario de su cuarto, pero el fuego lo sorprendió cuando subía por la

y tuvo que resignarse a contemplar como se consumía el trabajo de toda su vida. Los Kneipp se quedaron sin hogar en la más desesperante miseria y Sebastian se vio forzado a encargarse de la reconstrucción de la casa. Solo atendió sus inquietudes por el sacerdocio cuando, pasado el verano, quedo terminada su vivienda. Con 21 años y una libreta de obrero en el bolsillo donde figuraba como tejedor de oficio, volvió a partir con la esperanza de realizar su sueño: las ordenes sacerdotales. Con el pretexto de buscar trabajo recorrió Augsburg, Munchen, Schongau, golpeando las puertas de las casas parroquiales, sin conseguir que se apiadasen de él. Tuvo que volver a su hogar y salir una y otra vez, hasta que por fin encontró en Gronenbach un sacerdote joven, el abate Matías Merkle, que lo escuchó y, conmovido por el relato de su odisea e impresionado por su perseverancia, aceptó enseñarle. Así fue como después de realizar sus estudios de preparación ingreso al Instituto de Dillingen, durante largas horas de estudios y en solo cuatro años logro el pase, que le permitió ingresar a la Facultad de Filosofía del Seminario de Munich. El estudio en un cuarto viciado y húmedo, enfermo a Kneipp,”cinco años de horribles privaciones -reconoce- y grandes esfuerzos habían quebrantado mi salud y agotado hondamente mis fuerzas, tanto intelectuales como corporales.” Aunque en ese momento su estado de salud era de lamentar, hoy, la humanidad tiene mucho que agradecer a la circunstancia de haberse Kneipp enfermado. Solo así se despertó en el la necesidad del bien estar físico y encontró la salud para sí y sus semejantes en el seno de la naturaleza.

Cómo descubrió que el camino de la salud pasa por el agua

Sebastian Kneipp, que en su juventud llegó a pesar más de cien kilos, contrajo tuberculosis, no dormía, estaba tan débil que no podía mantenerse en pie. El veredicto de la ciencia era: sin remedio, contados sus días. Un famoso médico militar que vivía en la ciudad le hizo en dos años mas de 190 visitas, pero todo fue inútil. El mismo Kneipp confiesa: “había perdido toda
esperanza, esperaba con resignación mi hora postrera”. Sin duda Kneipp era un hombre

predestinado, él mismo cuenta como sucedió lo inesperado: “Un día fui a la biblioteca con uno de mis compañeros, no con el afán de leer, pues era incapaz de ello, si no para distraerme. Como no sabía qué libro pedir, me entregaron el catálogo, lo hojeé y mis ojos se toparon fortuitamente con un titulo: “Instrucción sobre la eficacia del empleo del agua fresca” por Segismundo Hahn 1754. Llamó éste mi atención y leí en él que el agua podía curar todas las enfermedades. Esto fue para mí la estrella matutina de un porvenir más propicio”. Con la poca voluntad que le restaba salía del seminario a hurtadillas, día tras día, para ir a sumergirse en las aguas heladas del Danubio. Era invierno y la temperatura ambiente era de 15 a 20 grados bajo cero.Fue tan prodigioso el resultado de estas prácticas que al cabo de poco tiempo se recuperó totalmente. Trató de ocultar el procedimiento empleado pero su curación causó sensación en todos los que lo conocían. Sano ya, continuó sus estudios en el Seminario Georgiano de Munich y en 1852, con 31 años, le fueron conferidas las órdenes de presbítero.

Sensibilidad de Samaritano

Siendo ya sacerdote, uno de sus discípulos lo conmovió al contarle que “hace doce años que estudio, quisiera ser sacerdote, vivo de limosnas y el médico me niega el certificado de ordenación.” Kneipp, viéndose profundamente reflejado, se comprometió a ayudarlo y curarlo, usaría el mismo elemento que a él lo había salvado: el agua fría. Cada noche descendía con su enfermo al patio del seminario y le daba el baño en un depósito de agua que allí había. Era invierno y la temperatura ambiente llegaba a los 15 grados bajo cero. El seminarista tuberculoso sanó, dando una gran sorpresa a sus compañeros, a sus profesores y a los médicos. Tal fue su recuperación que pudo pronunciar el sermón de prueba y lo hizo con tanto calor y energía que mereció la aprobación general. Corrió el rumor y se difundió el secreto y la verdad: el padre Kneipp había hecho aquella extraordinaria curación. Con él, ya eran dos los enfermos del pulmón que recuperaban la salud gracias a tan sencillo elemento: el agua fría.

Como Kniepp mantenía vivas sus inquietudes espirituales que lo impulsaron al sacerdocio y recordaba siempre los sufrimientos causados por su enfermedad, era muy sensible al dolor ajeno. Sentía la necesidad de guiar a los enfermos por el mismo sendero que lo había conducido a él hacia la Salud. "Me parece injusto y contrario a los principios de la gratitud cristiana -reconoce-, negarle a los enfermos los auxilios que me han dado salud a mí." Cuando le reprochaban que no era médico, contestaba: "tampoco el samaritano era doctor en medicina, no obstante él curo al viajero herido y abandonado". Con este sentimiento socorrió a los desamparados, asistió a los heridos y sanó a los enfermos ganándose merecidamente el titulo evangélico de “Buen Samaritano.”

Acusaciones, defensa y justicia

Fueron tantos los enfermos que recuperaron su salud por medio de sus consejos y prácticas hidroterápicas, que no tardaron en surgir habladurías y acusaciones. Citado ante el tribunal de Langericht, como única defensa preguntó al juez: “Cuando un enfermo ha gastado su capital en medicamentos y lo dan por desahuciado ¿no estoy en condición de ayudar a tal desgraciado?. El magistrado comprendió la razón de Kneipp y demostrando interés por sus procedimientos le pidió un consejo sobre un terrible reumatismo que sufría, ya que los médicos no habían podido ayudarlo. De inmediato indicó al juez lo que tenía que hacer, y tan precisos y exactos fueron sus consejos que a los pocos días el juez sanaba y Kneipp ganaba un partidario más de sus enseñanzas.” Luego lo citaron en Bezirksamt (la prefectura) donde fue reprendido por un funcionario que le dijo: “tú eres un arruinador de la profesión de medico”. Y Kneipp contestó: “curo por medios naturales a los enfermos desahuciados por sus médicos, no comprendo por qué hecho a perder la profesión.” El testimonio de una dama confirmó sus hechos: “el abate Kneipp me curó cuando todos los médicos me habían abandonado.” Con estos antecedentes fue absuelto.

Viendo que por los tribunales no sería posible, tendieron una trampa muy bien planificada. Sirvió de carnada una señora gravemente enferma a la que el médico le pronosticó pocos minutos de vida. Kneipp fue llamado como sacerdote para que la asistiera en sus últimos momentos. Al acudir se encontró con un cuadro patético; en una humilde choza, yacía en cama el cuerpo de la pobre mujer que respiraba con dificultad en un estado de semi-inconciencia. Estaba rodeada por niños de todas las edades que lloraban impotentes sin poder ayudar a su madre que se moría. Kneipp, sensible al dolor ajeno, dejó de lado la porta-viático con la hostia para observar a la enferma atentamente, vio que sus ojos aun brillaban, y que por sus orejas aun circulaba la sangre. No lo pensó dos veces, había que salvar esa vida. Prontamente se puso en actividad, dando órdenes a su esposo y a los niños para que le proporcionaran recipientes con agua, y sacando con la ayuda de ellos a la enferma de la cama, la sumergió por segundos, alternativamente en agua caliente y fría, volviéndola a acostar bien arropada. No tardo en reaccionar, sus mejillas se pusieron rosadas, la respiración se hizo menos fatigosa, volvió el calor a la piel y aun transpiró. Una y otra vez repitió la operación hasta que después de varias horas vio incorporarse a la madre. Estaba salvada.
Sin dudas el desempeño de Kneipp era digno de todo elogio, pero sin imaginarlo había actuado de la manera que sus enemigos deseaban. Esta vez no se le acusó de curandero, ahora se lo acusó ante el obispo de una falta muy grave; había descuidado sus deberes de sacerdote, al no darle de inmediato la comunión y la extrema unción a la enferma, exponiéndola a morir sin los auxilios religiosos y de satisfacer su vanidad de demostrar los beneficios de su sistema para aumentar su fama. Cuando oyó tal acusación –cuenta- quedó anonadado. Pero los hechos se impusieron, el párroco Kneipp comenzó a ser famoso, no solo en Alemania; su fama estaba traspasando fronteras, no precisamente por ser sacerdote, sino por sus notables curaciones a enfermos desahuciados. Un reconocimiento así era prohibido para un religioso y fue su obispo quien lo reprendió y le planteó la alternativa: o se desempeñaba como sacerdote o curaba enfermos, pero no las dos cosas a la vez. La flecha de sus enemigos había dado en el blanco;

había faltado a sus deberes religiosos, aun cuando creía cumplir con el mandato evangélico de “curar a los enfermos” pero su resolución estaba tomada, él no se sentía sacerdote por mera casualidad, lo era por vocación, sabemos cuantos sacrificios le costó para llegar a serlo, por tanto decidió abandonar toda actividad que no fuese en el ejercicio directo de su ministerio sacerdotal.
Su caso repercutió en la católica Baviera después de la medida disciplinaria aplicada en contra de Kneipp, que obligo al obispo a enviar los antecedentes a la autoridad máxima: el Vaticano. Por entonces, la Iglesia católica era gobernada por uno de los más sabios pontífices que ha tenido: León XIII, quien se ocupó personalmente del caso Kneipp, estudió todos los antecedentes y lo citó en Roma. El Papa aplicando justicia, no solo liberó a Kneipp de toda culpa en los hechos que le imputaban, sino que justificó su actuación en pro de la salud de sus semejantes, bendijo su obra y distinguió su persona nombrándolo camarero papal. León XIII habló y dijo: "Bendigo vuestra loable empresa y digno empeño y bendigo muy particularmente la labor que en aras del prójimo habéis emprendido”, y agregó "bendigo a todos los que co-ayuden en vuestra causa.”

Curiosos motivos de atracción a los enfermos

La primera ocupación que dio la autoridad eclesiástica a Kneipp fue de capellán en Biberach, después en Boos, Ausburgo y, en 1855, en Worishofen. En 1880 fue nombrado párroco de dicho pueblo. Era un pueblo con pocas casas y un campanario más menos gótico que rompía la monotonía de esa humilde localidad. Al comienzo ni siquiera había albergue, la gente que visitaba al abate Kneipp, debía arreglárselas en las casa del vecindario. En Worishofen no existía ninguna comodidad, pero los enfermos que acudían se sentían atraídos por aquello que alguien llamó: “el cura, la cura y la locura Kneipp."

La región de los pies descalzos

El paseo matinal descalzo sobre el rocío era una práctica diaria que recomendaba Kneipp para toda clase de enfermos. Tal fue el beneficio para la salud obtenido por ello que cada vez aumentaba el número y entusiasmo de sus adeptos. Hasta el día de hoy la cuidad de Worishofen gira en torno a las enseñanzas de este sacerdote, y tanto los sanatorios como el comercio están dedicados al sistema hidroterápico de Kneipp. Existe además una “Asociación Kneippista” donde se venera la memoria del sacerdote, fomentando parques con piscinas y alfombras verdes acondicionadas para uso público.

El Camino Kneipp

La experiencia fue lo único que le proporcionó el conocimiento suficiente. “Me he formado en la escuela de la experiencia -decía- y poco debo a los libros, no habiendo leído otro sobre hidroterapia que el de Hahn.” La obra de Priezznitz y la relación con su método también fue de gran utilidad para Kneipp porque le enseñó las primeras lecciones sobre el empleo del agua y lo adiestró en su práctica. Comenzó entonces a perfeccionar las ideas y métodos que había conocido en estados de gestación y desarrollo.

❖ La aplicación del agua fría persigue un triple objetivo: remover las sustancias morbosas, eliminarlas del cuerpo y fortificar el organismo. Cuanto “más fría es el agua –enseña- más breve debe ser la aplicación, mientras más calor tenga el cuerpo, más enérgica será la reacción”.

❖ Solo procediendo con rigurosa exactitud y en el orden establecido por la experiencia Kneippista se puede, con el empleo del agua fría, obtener resultados positivos. “Imposible sanar –dice- si las aplicaciones se hacen sin orden, solo en parte o de modo superficial”.

❖ “Todas las partes del ser humano forman un conjunto armónico maravilloso, existiendo una relación intima entre todos sus órganos y las funciones que desempeñan”. A esta armonía, a este orden admirable lo llamo “Salud”, y a su alteración y desorden lo denomino con el nombre genérico de “enfermedad.”

❖ Aconsejo que “los enfermos” no deben esperar su salvación en la medicina, sino, procurar fortalecer la naturaleza del organismo para que éste por sí mismo consiga el reestablecimiento. “Estando en sus facultades, el cuerpo rechaza toda materia mortífica y toda enfermedad, por esta razón el trabajo del cuerpo es de resistencia y defensa, descomponiendo, limpiando y eliminando todo brote nocivo y previniendo su desarrollo.

❖ El cuerpo debe tener cierta cantidad de calor para que pueda ejercer las funciones que le son propias, en su estado normal, los cuerpos poseen este calor natural. • “Ese gran don de la bondad divina que es el agua –decía- no solamente calma la sed del hombre y de los animales, sino que es el primero, el más excelente y más común de los remedios.”

Proyecciones de la obra Kneippista

Es evidente que Kneipp concibió un sistema de recuperar la salud, barato y al alcance de todos, demostrando las ventajas del modo de vivir natural y sin artificio; popularizó el agua y revolucionó las precarias condiciones de higiene de la época, al familiarizar a sus contemporáneos con el agua y la limpieza. En reconocimiento a sus méritos el Papa León XIII, el 17 de octubre de 1893 lo nombró oficial de cámara con derecho a llevar el anillo de oro y el traje episcopal. Mas tarde lo nombró Patriarca de Jerusalén y le confirió la orden del Santo Sepulcro.

Sus últimos días

No alcanzó Kneipp a disfrutar mayormente de sus triunfos, cuatro años más tarde, como consecuencia de un resfriado mal cuidado, se lo vio decaído y debilitado, también se comprobó
que tenía dificultades en la vejiga provocadas por un tumor que le oprimía, luchó tres meses por normalizar su organismo pero no reaccionó al tratamiento. Así fue como a los 76 años de edad, un 17 de junio de 1897 falleció. Fue Alemania, su patria, la que, derrotada por la última guerra mundial y necesitada de mostrar ante el mundo el verdadero rostro de su cultura y el aporte de sus hijos al progreso de la humanidad, exhibió orgullosa la foto de Sebastian Kneipp en una estampilla de correo, destacándolo como Gran Benefactor.

Método Kneipp

Ejercicios fortificantes para:

❖ Regularizar la circulación de la sangre, llevando calor por reacción nerviosa a las extremidades.
❖ Vigorizar y endurecer el cuerpo, de modo que tolere la humedad y los cambios de temperatura.
❖ Atraer a la piel las toxinas que circulan en la sangre, para luego expulsarlas por los poros.

Andar descalzos

El más eficaz ejercicio fortificante es andar descalzos. El que marcha a pie desnudo no solo no siente nunca frío en las extremidades inferiores, sino que, renovando continuamente la circulación en las mismas, las conserva siempre calientes y robustas. Mientras el enfermo

mantenga sus extremidades frías, pasa a ser juguete de todo tipo de dolencias. Innumerables personas que sufren de jaqueca han asegurado que no existe mejor remedio que mitigue tanto los dolores como el andar descalzo, cuyo ejercicio llega a hacerla desaparecer del todo. Andar descalzo es recomendable y necesario para todas las personas en cualquier estado y condiciones, ya que con ello se logra robustecer el organismo y es un buen preservativo para muchas “enfermedades”. Mientras más largo el paseo, mejor. Es recomendable andar sobre hierba húmeda, piedras húmedas, sobre la nieve recién caída y sobre el agua.

Difusión de su enseñanza

Las ideas de Kneipp evolucionaron, queda de manifiesto en sus libros. Así la duración señalada para algunos baños, como el de asiento por ejemplo, en “Método de Hidroterapia” lo acorta en “Mi testamento”. Otras publicaciones son las siguientes, “Mi cura por el agua” (Meine Waser Kur), “Como tienes que vivir” (So sollt ihr leben), “El consejo de las familias”, “Almanaque Kneipp”, (desde 1894 a 1898), “Atlas de las plantas medicinales”, “El cuidado de los niños”, “Codicilo a mi testamento”. 










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