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5. Manuel Lazaeta

Descubridor de la Doctrina Térmica. Chileno (1881-1959)

Nació el 17 de junio de 1881, hijo de Eleazar Lezaeta Roldan y Mercedes Acharan Adriazola, uno más de quince hermanos. Las costumbres de la época en Santiago no solo eran reunirse en grandes salones, sino también el buen comer. A través de su madre, proveniente de Valdivia, aprendió el arte culinario de la región y se transformó en un verdadero sibarita de las comidas valdivianas: perniles, causeos, arrollados y demás comidas típicas chilenas. Así se explica que enfermara del estómago a temprana edad. Al egresar del colegio, ingresó a la Escuela de Medicina de la Universidad de Chile. A sus dolencias al estómago se sumaron manifestaciones catalogadas para su época como “enfermedades sociales”, las que le impidieron continuar sus estudios. Comenzó a realizarse diversos exámenes clínicos y a practicar tratamientos médicos a base de mercurio. Hasta oír el resultado final: sífilis y gonorrea, sin remedio. Fue tratado durante años por diversos profesores y especialistas, pero todo en vano. "Me di por vencido en el empeño de librarme de mis males -dijo-, que hacían intolerable la vida y me resigné a morir a corto plazo." Un día en que, huyendo de sí mismo, había ido a un balneario del sur, se cruzó en el pasillo de la residencia con un sacerdote capuchino, quien al verlo lo interceptó con su bastón para hablarle: “Has venido a verme -dijo el sacerdote y sin esperar respuesta agregó-, anda a mi consulta porque si no te pones en tratamiento te vas a morir muy luego”. Bajó su bastón y

dejando el paso libre y se alejó. Lezaeta se preguntó quién era, que con tan solo verlo había adivinado su tragedia, ¿acaso podía haber algún otro médico famoso que no hubiera consultado antes? Los fracasos con los remedios y las medicinas lo habían vuelto escéptico.
Resultó ser el Padre Tadeo de Visent, famoso ya por las curas de agua fría. Lo visitó, aunque con el prejuicio y orgullo de un estudiante de medicina que se rebelaba ante la posibilidad de aceptar opiniones de un “profano curandero”, y no de un médico, pero necesitaba la salud, viniera de donde viniera.
El Padre le dio la buena nueva de que sanaría, siempre, que se sometiera con constancia a su tratamiento. Consistía este en caminar al alba descalzo sobre el roció, ascender en seguida los cerros, para volver luego a entregarse de lleno a la practica de los chorros de agua fría, los paquetes húmedos y los baños a vapor.
Con los remedios y los medicamentos específicos, habían desaparecido los síntomas de su enfermedad; de su piel, la roseola; de su garganta, las placas y de sus órganos genitales los flujos y los chancros; pero su inapetencia, el insomnio, el estado depresivo y la alteración nerviosa habían llegado a tal extremo que sentía que cada noche era la ultima.
No solo los tratamientos del Padre Tadeo fueron distintos, también los resultados. Con las primeras aplicaciones de agua fría, se sintió mejor, concilio el sueño y recupero el apetito. Eso fue alentador, pero no lo fue el recrudecimiento de sus síntomas agudos. Alarmado volvió a consultar al Padre, le dijo; “me estoy pudriendo.” La respuesta del padre lo dejo alarmado, “muy bueno, la naturaleza esta expulsado de tu cuerpo las impurezas que habían en tu sangre” y ante la sorpresa, le dijo ”persiste, ten constancia.”
No había dudas de que se enfrentaba con un criterio y método totalmente opuesto al conocido por la Escuela de Medicina. Ya había empezado y debía practicar hasta sus últimas consecuencias todas las instrucciones del Padre, por disparatadas que a veces le pareciesen. El resultado fue óptimo. Sus fuerzas renacieron y el alma volvió al cuerpo.


A medida que sanaba creció su admiración por el Padre Tadeo y por el método de cura natural, que lentamente le devolvía su salud. Primero, actuó como un autómata, por fe, pero después de su mejoría ansió mayores conocimientos, necesitaba averiguar si estaba frente a un milagro o todo obedecía a leyes para él desconocidas.
Trató de aprender del Padre, para eso lo siguió por más de nueve años, y continuamente lo abrumaba con preguntas: ¿Por qué esto?, ¿cómo se explica esto otro?, colmando muchas veces su paciencia, contestaba; “yo lo sé y tú te callas.”
Ante muchas preguntas sin respuesta se dio cuenta de que el Padre no conocía las causas de algunos trastornos, ni los efectos de algunas aplicaciones y que carecía de la filosofía suficiente para explicar los fenómenos tocantes a la salud y a la enfermedad.
Sin embargo las enseñanzas del Padre Tadeo, habían significado para él toda una revelación que trajo nueva luz a su mente y bienestar a su cuerpo enfermo. Lezaeta se propuso avanzar por los senderos de la naturaleza. Cada día una nueva experiencia y cada experiencia una nueva enseñanza.

El filósofo y sus ideas

Manuel Lezaeta se recibió de abogado el año 1904 y no tardó para desempañarse como profesor en el Instituto de Humanidades en los ramos de historia y castellano. Demostró poseer un buen y profundo sentido de la didáctica.
Las verdades que fue descubriendo sobre salud las comenzó a repetir en conversaciones privadas, después comenzó a realizar conferencias y publicar libros.
Había fenómenos relacionados con su curación que el Padre Tadeo nunca pudo explicar, no existía una noción clara de las causas de la salud y de la enfermedad. Dio comienzo entonces a


la tarea de resumir todas sus experiencias, acumular el mayor número de antecedentes a su alcance y estudiar a los más connotados médicos y maestros del naturismo universal.
En todos los maestros, algunos de ellos aquí antes mencionados, encontró estudios profundos de la naturaleza, convicciones sinceras sobre las ventajas de la vida natural, argumentos irreprochables a favor de una alimentación sana, experiencias con un gran valor para el uso adecuado de los agentes vitales, pero en ninguno de ellos una explicación exacta, una concepción integral de las leyes que determinan la salud y de las causas que provocan su pérdida. Manuel Lezaeta en su formación filosófica pudo llegar dicha concepción integral, a la síntesis, y enunciar primero la Doctrina Térmica de Salud y luego mantenerla, difundirla y defenderla. Anunció su síntesis en la obra “La Medicina al Alcance de Todos”, que representa la gran suma de los conocimientos útiles de las leyes que rigen la vida en salud.
Lezaeta ordenó en dicha doctrina todos los conocimientos sobre salud dispersos en las obras de los autores ya citados y precisó el nexo que los unifica en sus postulados, los justifica en sus apelaciones y los explica en sus éxitos.

Algunas de sus ideas

❖ La Doctrina Térmica saca al problema de la salud del trillado campo de la patología y de la terapéutica y lo coloca en el de las temperaturas.
❖ La salud del hombre depende de su lucha contra el calor interior de su cuerpo.
❖ El hombre es el único ser de la creación que vive enfermo, porque afiebra sus entrañas con la cocina y afemina su piel con la ropa y los abrigos.
❖ La sabiduría se encuentra en la naturaleza, no en los laboratorios.
❖ El hombre es parte integrante de la naturaleza.
❖ El primer agente curativo es la voluntad del enfermo.

❖ Hoy el hombre no muere, interrumpe su vida.
❖ El agua fría da la vida, el agua caliente provoca dolores.
❖ Puede haber remedios contra toda clase de enfermedades, menos para tener salud.
❖ El arte de curar es el arte de desinflamar.
❖ La digestión es factor fundamental de la salud.
❖ Enfermamos por desequilibrio térmico del cuerpo.
❖ La enfermedad es de orígen funcional y no microbiana.

Su doctrina y algunos principios de su método de salud

Lezaeta se inició en la dura escuela de la observación y experiencia propia. En Hipócrates encontró los primeros principios fundamentales ”no hay enfermedades sino enfermos” y “la naturaleza es la que cura.” De Priessnitz, Kneipp y Padre Tadeo aprendió a valorizar la importancia de la piel y de sus funciones y a combatir su inactividad y debilitamiento con el frío del agua o el aire para obtener reacción de calor necesario para su normal funcionamiento. Por Luis Kuhne y Adolfo Just comprendió que no hay persona sana con mala digestión, ni persona enferma con buena digestión; que la principal causa de la alteración en el proceso digestivo es la “fiebre interna” y que los medios eficaces para combatirla son la alimentación natural, el baño de asiento con fricción, el baño vital y la aplicación de barro al vientre. Con la Doctrina Térmica unificó, completó y sintetizó los principios, postulados y enseñanzas obtenidos a través de generaciones con los métodos naturales de vida sana. Según el criterio de térmico, no se diagnostican enfermedades, no se dan remedios y tampoco se cura. La acción salvadora se dirige a normalizar la digestión del enfermo y activar la función eliminadora de la piel, todo lo cual se conseguirá colocando el cuerpo en equilibrio térmico.



Uso de los agentes vitales

Las personas desorientadas buscan “curas milagrosas”, cuando lo único que este sistema puede ofrecer es una “cura natural”. Y para alcanzar esta última solo deben utilizarse los medios vitales de la naturaleza, elementos sin los cuales el hombre no puede vivir: aire, luz, agua, sol, tierra y alimentación de frutas y vegetales, concepto hipocrático ”lo que da salud, cura la enfermedad”.
La prueba de estos elementos es evidente, así como una persona no puede vivir sin respirar, al proporcionarle tóxicos y venenos, enfermará; al privarla de frutas crudas, verduras o cortezas de los cereales será victima pronta de crueles enfermedades; tampoco podrá vivir sin agua, o sin recibir energías de la tierra y el sol. Los medios son siempre los mismos, solo varían en su aplicación.
Cuando en la naturaleza se conjugan los elementos, en una forma tal que crean un ambiente favorable, se producen verdaderas maravillas.
Si el ser humano se desenvuelve en la naturaleza y actúa a tono con las leyes naturales, conseguirá, por encontrarse en su medio ambiente, un resultado que por ser natural es maravilloso: la salud plena.
Es al hombre que vive en el artificio de la civilización, al que la Doctrina Térmica de Manuel Lezaeta le enseña el uso adecuado de los agentes vitales con el fin de que conserve su salud y no enferme a pesar del ambiente en que se desenvuelve.

Algunas experiencias en su persona y sus hijos

“En una ocasión su hijo Rafael, de siete años de edad, se acercó a un caballo que pretendía montar, con tal mala suerte que el caballo se movió bruscamente y puso su pata, con herradura y todo el peso, sobre el pie desnudo del niño, ocasionando una dolorosa y profunda herida.
De inmediato tomó a su hijo y colocó el pie accidentado bajo el chorro de agua fría. Antes de cinco minutos el dolor se hizo más tolerable y al retirar después de dos horas el pie del agua, presentaba éste un aspecto de real recuperación, sin dolor, sin sangre y con su herida limpia y de color rosada. En ocho días no se diferenciaba el pie herido.”

“Un día le avisaron que su hijo Manuel se encontraba en la asistencia pública y que lo habían recogido cerca de la línea del Ferrocarril de Santiago a Valparaíso. Fue de inmediato a rescatarlo, encontrándose con su hijo, de 25 años de edad, hecho una masa uniforme, especialmente la cabeza y la cara, a un punto que era difícil reconocerlo. Se había caído de su cabalgadura y quedó golgado, con su pie enredado en la montura, sin poder zafar del caballo que asustado corrió y arrastró el cuerpo a través de las líneas del Ferrocarril. Su cabeza azotó contra cada obstáculo que encontró en el camino. En esta emergencia procedió, sin pérdida de tiempo, a envolver el cuerpo del joven totalmente en barro dejando solo libre la nariz para respirar. Al cabo de una semana de este tratamiento las heridas habían cicatrizado, la piel se había rehecho, el pelo renovado y, pasado un corto tiempo, su hijo pudo volver a la normalidad.”

“Otra vez su hijo Rafael, ahora de 30 años, cayó gravemente enfermo. Tenia el brazo hinchado y el médico diagnosticó erisipela. La pronta complicación del sistema ganglionar mostró claros síntomas de septicemia. Había fiebre termométrica y paralización de funciones tan importantes como la digestión y la orina. El caso era grave. La presión familiar para imponer el uso de antibióticos se hizo fuerte. Se habló de responsabilidad en caso de muerte y se llegó incluso a

opinar que era necesario cortar el brazo para salvarle la vida. No obstante, la cordura se impuso, gracias a la firme determinación del afectado, triunfó el criterio natural que asegura que solo la naturaleza cura y que lo que no hace la naturaleza del individuo, no lo hace nada, ni nadie. Efectivamente, transcurridos 28 días, cuando el enfermo aparentaba estar peor, se produjo la crisis curativa, reventando el brazo y comenzando una violenta eliminación que, en definitiva, sería lo que le salvaría la vida. Así depuró también su organismo, botó mas de diez litros de sustancias extrañas en un plazo no superior a un mes.”

Abriéndose camino en la opinión publica

“Aunque en un comienzo encuentre el camino llano, en definitiva aquel que se interna en la enmarañada selva de los prejuicios, convencionalismos e intereses creados tendrá que emplear los golpes del machete para abrir una nueva senda...”
Así le sucedió a Manuel Lezaeta, mientras siguió la huella trazada por el Padre Tadeo no tubo grandes problemas. Por el contrario, al llamado que, en compañía de su esposa Raquel, hizo para perpetuar la memoria del Padre, la sociedad chilena respondió generosa.
Fruto de esta ayuda fue el "Sanatorio Infantil Padre Tadeo” que logró funcionar por más de tres años, pero por su atención gratuita para niños desamparados solo pudo desarrollarse mientras los benefactores conservaron el entusiasmo inicial, después cuando ya no pagaron sus cuotas, debió cerrarse.
Encontró también, en un comienzo, apoyo en la sociedad naturista. Llegó Lezaeta a ocupar el cargo de vice-presidente y director de la revista “natura” que editaba esa institución. A medida que se probaban los nuevos descubrimientos sobre salud, fueron creciendo dificultades para su difusión. Así fue transmitiendo sus ideas en conferencias públicas, exponiéndolas en libros, sosteniéndolas en polémicas con la prensa y defendiéndolas en los tribunales de Justicia.
No pudiendo dar sus conferencias en la Universidad, inexplicablemente cerrada para las ideas

nuevas que representan una revolución, buscó teatros de barrios y de provincias y allí habló; en el Teatro O'Higgins de Santiago, el Teatro Esmeralda, el Cine Rex de Concepción” y en 1927 publicó su primer libro “La Medicina al Alcance de Todos”. Poco después las polémicas bien intencionadas se tornaron ataques y Manuel Lezaeta debió recordar que era abogado, sobre todo en los momentos en que se le reprochaba por aconsejar a enfermos desahuciados. Decía: “Si un condenado a muerte por la justicia recurre a un abogado para salvar su vida ¿Por qué ha de extrañar que un condenado a muerte por la alta medicina recurra también a un abogado? En ambos casos sentía la obligación de prestar auxilio como lo demandaba su profesión.
En su época litigar era algo nuevo en los estrados judiciales, sus colegas, a los que recurrió buscando apoyo, siempre estaban desorientados, y tuvo, en definitiva, que dar él mismo la orientación de sus defensas y redactar sus escritos.

Crecen los ataques en su contra

Con el pretexto de averiguar la base de sus actividades, que hacía públicas y que cualquiera de sus oyentes conocía, la autoridad sanitaria allanoólos hoteles en que se alojaba, presionó a los propietarios de los lugares en donde dictaba sus charlas y se querelló en su contra acusándolo de “ejercicio ilegal de la medicina”. Al parecer con sus éxitos puso el dedo en la llaga a los intereses afectados y reaccionaron, al estilo de los peores tiempos de la inquisición, intentando acallar su pensamiento con medidas policiales. Efectivamente después de un corto proceso en que, en forma unilateral y sin oírlo siquiera, se instruyó a la autoridad sanitaria. Se prohibió la circulación de sus libros sobre medicina natural por considerarlos “tendenciosos y perjudiciales y que inducen a prácticas contrarias a la salud pública”. Se lo penó, además, con una fuerte multa por cada ejemplar que se encontrase a la venta en el comercio. En repetidas ocasiones allanaron su domicilio particular por orden de la autoridad sanitaria, con el pretexto de observar si el señor Lezaeta ejercía la medicina. Desplegaban sus esfuerzos a cualquier hora del día o la

noche, sin la necesidad de una orden judicial. Un despliegue policial digno del más alto delincuente. Se le atacó con odio y no en el campo de las ideas sino en el terreno personal, usando procedimientos poco nobles que demostraron que sus adversarios no seguían una conducta propia de hombres de honor. Como ejemplo, en la Corte de Apelaciones de Santiago, en uno de los tantos procesos por el “ejercicio ilegal de la medicina”, el abogado querellante intentó impresionar a los jueces y cargar la causa hacia su favor presentando una denuncia por daños y perjuicios en que su defendido, un tal Arancibia, estimaba que se le había perjudicado con un tratamiento que Lezaeta le había preescrito y a causa del cual le habían amputado una pierna. Se dejaba así la impresión al tribunal de que el tal señor Lezaeta era peligroso y dañino para la sociedad y que desarrollaba actividades delictuosas y había que sancionarlo en aras del bien público. De inmediato su abogado, Luís Valencia Courbis pidió que se suspendiera la causa para imponerse de los nuevos antecedentes allegados que, no tenían ninguna relación con la materia del litigio. La suspensión fue concedida hasta la próxima audiencia del tribunal. Lezaeta recordó a un enfermo de una pierna del hospital de La Calera, pero, recordaba que había mejorado y, de tal modo, que hasta había recibido sus agradecimientos. Tenia que existir algún testimonio escrito, ya que guardaba las cartas interesantes que recibía, y encontró una carta con remitente de La Calera. Eran los agradecimientos de una persona cuya herida en un pie había evolucionado hasta la gangrena por causa de su deficiente estado de salud general y por el prolongado tratamiento de tóxicos y drogas. Relataba también que tratada aquella herida con las aplicaciones naturales, recomendadas por Lezaeta, se alivió a tal punto que pudo abandonar el hospital e irse a su domicilio, donde logró caminar y en pocas semanas hacer una vida normal. Después de amplias frases de agradecimientos por la curación obtenida, terminaba firmándola un tal Arancibia. Su abogado defensor mostró la oratoria al tribunal, escrito de puño y letra del acusador, haciendonotar que si posteriormente la salud del señor Arancibia había recaído, fue por causa de sus propios desarreglos de vida, era de su exclusiva responsabilidad, y que si en tal evento, no recurrió al tratamiento que lo había curado antes y en

cambio se había sometido a una amputación de la pierna enferma, la culpa debía recaer sobre sí mismo y sobre aquél que cortó la pierna. La justicia, a través de ese testimonio, absolvió a Lezaeta. En otra ocasión, la autoridad sanitaria cayó con mucha más fuerza encima de Lezaeta, todo parecía perdido, los amigos y las influencias ya no lo acompañaban, la prensa se cerraba a toda información que no fuese oficial y el público se deleitaba con el espectáculo, indeciso de tomar partido. Lazaeta se mantuvo estoico, con una estatura moral en la que solía repetir: las grandes causas tienen grandes defensores. A pesar de la avalancha que se venía encima, pudo distinguir la figura de un hombre, Don Carlos Alberto Novoa. Don Carlos sufrió un doloroso artrismo que lo mantuvo postrado en cama por más de dos años, y a través del régimen de salud de Lezaeta recobró su salud al punto de poder reintegrarse a la vida normal de trabajo. Y en él encontró un gran defensor a su causa de salud. Don Carlos ocupaba la alta Magistratura de Presidente de la Corte Suprema de Justicia. Una sola insinuación bastó. Tres horas después de la sentencia sonó el teléfono de la familia Lezaeta. Atendió su hijo y reconoció la voz de Don Carlos quien, con voz autoritaria, le dio la noticia: -ve y díle a tu padre que ganamos. Gracias a su intervención pudo imponerse, una vez más, el derecho libre de pensar en materia de salud. Un día fue llamado al domicilio de un caballero que estaba moribundo y que, según insistieron, deseaba hablar con él urgentemente. Lezaeta estaba seguro de que necesitaban un consejo de salud e iba dispuesto a ayudar al enfermo. Al comienzo todo era normal, el cuadro de siempre, una familia angustiada y un enfermo en cama, y remedios por doquier. Solo cuando el enfermo tomó su mano y lo miro suplicante comprendió el momento que vivía. -Don Manuel ¿no me reconoce?- dijo el enfermo. Cuenta Lezaeta que su corazón se estremeció y diferentes emociones lo embargaron en ese momento. Tenía ante sí al abogado patrocinante de la querella lanzada en su contra en el “caso Arancibia”, quien permaneció mudo de la emoción. -Lo he hecho llamar para pedir que me perdone –agregó- porque, en esta hora, pesa sobre mi conciencia esa causa de Arancibia que patrociné y que era injusta, con la exclusiva intención de

que la justicia aplicara una sanción ejemplar y que callase au voz disonante, que tanto perjudica los intereses de la medicina. Lezaeta movió su cabeza aceptando, para tranquilizar a esa persona acongojada. Para uno llegó la justicia, para otro todo quedó hecho.

Logros personales

❖ El más notable de todos sus logros fue su propia curación. Pudo, como Kuhne, decir: “Me he salvado a mí mismo”, con lo que a su vez se hizo realidad el concepto bíblico “Medice cura te ipsum” (médico cúrate a ti mismo). Después de estar desahuciado a los 20 años consiguió prolongar su vida en salud hasta el filo de los 80 años.
❖ Obtuvo un original y envidiable título de médico otorgado por los propios ex–enfermos que él sanó, con fecha 4 de junio de 1942, y dice así: “En el día de su onomástico, rendimos al señor Manuel Lezaeta Acharan el homenaje de nuestro aprecio personal y de la gratitud que le debemos por los beneficios de salud obtenidos por sus tratamientos y aplicaciones naturistas. Los éxitos de estas aplicaciones nos autorizan para considerarlo nuestro médico eminente”.
❖ Actuó como conferencista, publicó sus teorías de salud tanto en la prensa nacional como en revistas extranjeras. Como escritor consiguió una amplia difusión de sus libros en Hispanoamérica y traducción a varios idiomas; y como abogado obtuvo el reconocimiento judicial del derecho a opinar libremente sobre salud y buscarla por el camino que el individuo
crea más conveniente.
❖ Se creó “La Asociación Cultores de Vida Natural” que tiene personalidad jurídica y mantiene hogares de vida natural en Chile, México y Panamá. Y la “Cooperativa de Servicios Villa de Vida Natural Manuel Lezaeta Acharan” donde se realizan hasta la actualidad prácticas naturistas, en la “Villa de Vida Natural”, Tomás Moro 261, Las Condes, Santiago, Chile.
• Participó en el año 1947 en “Goleen Jubilee Congreso” en New York. Presentó su trabajó "selecciones de pensamientos” y fue elogiado por la prensa norteamericana. 

❖ Obtuvo jurisprudencia favorable en los Tribunales de Justicia de Chile, que significa reconocimiento para sus principios fundamentales sobre salud y tiene los derechos a la libre circulación de sus libros y el ejercicio de las actividades naturistas.
❖ Los fundamentos de la Doctrina Térmica fueron reconocidos por el “Primer Congreso Internacional de Artes Curativas Naturales” el año 1961 en Barcelona, España. Entre sus acuerdos se estableció lo siguiente: ratificar como principios básicos del arte de curar 1) que el cuerpo es un solo órgano y tiene una sola función; la vida; 2) que no hay enfermedades, sino enfermos; 3) que solo la naturaleza cura.

Sus últimos días

Las experiencias y enseñanzas que realizó, las comenzó en su propio cuerpo. Su enfermedad dejó huellas en su salud y gracias a las bondades del sistema natural que practicó y difundió con perseverancia pudo extender su vida hasta los 79 años de edad. Vivió sano, disfrutando de una energía envidiable. Ningún impedimento físico lo afectó y se mantuvo siempre en permanente actividad. Solo buscó reposo diez días antes de su muerte, la que no solo presintió sino que pronosticó como consecuencia lógica del agotamiento de su organismo. Explicó claramente a familiares y amigos que su vitalidad se consumía. Sincero hasta el fin, usó como único recurso los baños genitales y las cataplasmas de barro para combatir la fiebre gastro-intestinal, logrando con ello buenos beneficios para enfrentar una muerte natural. Sin sufrir ningún dolor, sin agonía, con mente lúcida, satisfecho con su labor realizada durante toda su vida, orgulloso de dirigir su tratamiento en que no hubo intervención extraña, buscó su cama. Al comprobar que sus riñones ya no funcionaban, buscó una posición cómoda y después de despedirse con una mirada de su hijo y pedir que rezaran por su alma, se durmió para siempre.

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